LA CAZA DE LA BALLENA

El frágil límite de la supervivencia

La caza de la ballena fue una actividad tan antigua que es muy difícil saber quiénes, cuándo y cómo comenzaron esta especialidad pesquera, aunque lo que si es cierto que las primeras referencias documentales que lo confirman hacen referencia a los vascos en plena Edad Media. La pesca costera de estos cetáceos se llevaba a cabo a lo largo de seis meses -en la época de otoño e invierno-, que con la intención de parir sus crías, las ballenas francas (Eubalaena glaciales glacialis) frecuentaban las templadas aguas del Golfo de Vizcaya. Era en esta época cuando los nativos de las costas vascas, y de gran parte del cantábrico, se apostaban en altas atalayas con la intención de divisar a este magnífico cetáceo, embarcándose en rápidos y silenciosos botes y darles caza.

La pesca de altura de ballenas se llevaba a cabo en aguas de Terranova y Labrador (Canadá) durante los siglos XVI y XVII, así lo confirman documentos de época y estudios contemporáneos, hasta que el Tratado de Utrecht en 1713 puso punto y final a esta actividad por parte de los pescadores vascos. Esto provocó que flotas extranjeras, principalmente inglesas y holandesas, fueran adiestradas en las técnicas de caza por las tripulaciones vascas, que estaban considerados como hábiles marinos y especializados arponeros. Restos arqueológicos hallados en Terranova y Labrador confirman la importante actividad que desarrollaron los balleneros vascos durante estos siglos.

El principal motivo por el cual se cazaban los cetáceos era su gruesa capa de grasa que rodea todo su cuerpo. Grasa de la que se obtenía aceite, también llamado saín, que se extraía por el calentamiento a altas temperaturas de dicha grasa, se llegó a aplicar para la fabricación de una gran variedad de productos: Jabones, champús, detergentes, lápices de labios, pinturas, lubricantes para máquinas, hasta para la glicerina de explosivos, pero su uso más extendido era para crear aceite para su uso en lámparas como combustible.

Lo que queda claro es que la caza de la ballena se convirtió en toda una industria ligada a unos intereses tan fuertes, que a lo largo de siglos hizo que las ballenas y los cachalotes corrieran peligro de extinguirse. Hoy, y tras conocer estos heroicos tiempos, se descubre también que fueron épocas sangrientas, en las que el hombre se descubrió de nuevo como un gran depredador. Es claro que la recuperación de estos cetáceos puede servir para ir solventando una inmensa deuda que tenemos con la naturaleza, de la cuál, no deberíamos olvidar nunca que somos una parte.