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1-10-2004
Los océanos son un buen termómetro para medir los efectos del cambio climático. Desde hace algunos años han proliferado los estudios sobre la incidencia del calentamiento global en los mares. Hay quien pronostica en tono apocalíptico que la subida del nivel de las aguas hará desaparecer en unas décadas las ciudades costeras . Otros aventuran una nueva era glacial que interrumpirá bruscamente el deshielo de los casquetes polares y devolverá las aguas a su cauce. Cada cual tiene su teoría y lo único cierto, como dice el científico de Azti Ángel Borja, es que no hay datos suficientes para inclinarse por ninguna de ellas.
Borja es un testigo privilegiado de la evolución de las aguas del Golfo de Vizcaya en los últimos años. Como veterano investigador del medio marino ha participado en la elaboración de infinidad de estudios. «No es que hayamos acometido una investigación específica sobre el calentamiento en el Cantábrico, pero sí hemos recopilado numerosos datos que nos dan una idea bastante aproximada de lo que está ocurriendo», dice.
Uno de esos datos es precisamente la evolución de la temperatura del agua. Los investigadores de Azti cuentan con la ventaja de disponer de uno de los más antiguos registros del Cantábrico: el del Aquarium de San Sebastián , a cuyo pie se realizan mediciones sistemáticas de la temperatura del agua de mar desde julio de 1946. Las series de temperaturas marinas no son tan frecuentes como cabría pensar y la referencia más próxima es la del Museo del Mar de Biarritz, donde se empezaron a tomar en 1960.
La muestra del Aquarium es por tanto de gran valor para analizar el comportamiento térmico del Cantábrico. La sistematización de sus datos pone de relieve la existencia de varios ciclos en los que se alternan subidas y bajadas de temperaturas. Las más cálidas datan de principios de los cincuenta , cuando se alcanzó un valor máximo próximo a los 17,5º. Se trata de la temperatura media anual más alta registrada en San Sebastián. Las altas temperaturas continuaron con pequeños paréntesis hasta llegar a los setenta, donde se produce un brusco descenso que dura con altibajos hasta los noventa.
El gráfico muestra un significativo ascenso de las temperaturas a partir de 2002 . Desde ese año los valores han crecido aunque sin alcanzar los máximos registrados en los 50 y los 60. «Si se observa la gráfica de las mediciones desde 1947 la tendencia es a bajar, no a subir, aunque también es cierto que nos faltan las series de las décadas anteriores para tener un panorama lo suficientemente representativo», dice el científico de Azti.
Anchoa hacia el norte
Borja indica que la reconstrucción histórica de temperaturas marinas realizadas por medios científicos constata una evidencia: la temperatura del mar se mantuvo más o menos estable hasta finales del siglo XIX . «Desde aquella época hasta nuestros días se cree que ha subido unos dos o tres grados», precisa. Ese calentamiento empieza a dibujarse también en el medio marino. El científico dice que las investigaciones de Azti constatan un desplazamiento hacia el norte de las especies que conforman el plancton . «Especies que antes tenían su hábitat en el Golfo de Vizcaya se han desplazado hacia Escocia y han sido sustituidas por organismos que estaban más al sur».
Lo mismo ocurre con la anchoa, que antes no pasaba de la desembocadura del Loira, al sur de Bretaña, y que ahora empieza a verse por la zona del Canal de la Mancha. «Hemos empezado también a detectar poblaciones estables de pez ballesta, una especie que antes vivía en aguas meridionales y que apenas se acercaba al Cantábrico», dice Borja.
Los científicos hablan de la meridionalización del Cantábrico , de un calentamiento que iría acompañado de otros fenómenos como un aumento de temporales en los inviernos y calmas chichas en los estíos. «El mar no es estático, siempre ha estado sometido a cambios», dice Borja, quien cree que no hay motivos para la alarma. |